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Últimamente habréis observado que hemos escrito algunos artículos negativos, también es cierto que, pese a tratarse de algo negativo, los hicimos con un toque de humor. Y es que ya sabéis aquello de me río por no llorar, mejor tomárselo a broma y pasar un buen rato de una experiencia no demasiado agradable.

Pero, creo que como a todos los que nos leéis, por muchas malas experiencias que pasemos en la pista de pádel, al día siguiente volvemos con más ganas. Y es que el pádel engancha, ¡y lo sabes!

Da igual que te hayan hecho la nevera, que no aguantes al compañero que te ha tocado, que ese día no te haya entrado ni una. Da igual lo bueno o malo que seas. Da igual que vayas agobiado en el trabajo, siempre encuentras un hueco para ir a jugar. Incluso si te acabas de lesionar jugando a pádel para dos semanas, un mes, ocho meses… lo que más te duele es estar ese tiempo sin poder jugar y vas tachando en el calendario los días que te quedan para volver a pisar una pista.

Nada ni nadie te puede quitar la ilusión por jugar. Acabas de sacar la bola x3 y lo celebras como si hubieses ganado un mundial. No importa que te hayan dado una paliza, si te preguntas dirás que que has hecho un puntazo, el resultado es lo de menos… cuando pierdes. Cuando ganas toca presumir.

Incluso los lunes son menos lunes cuando sabes que esa tarde toca pádel. Y mira que es complicado que no te de asco un lunes, pero el pádel lo compensa.

Cuando eras pequeño no había nada que enganchase más que tirarse horas jugando a fútbol. Unos años después es lo mismo pero con el pádel. Y, si con el fútbol lo único que te lo podía chafar era ir a cenar, con el pádel lo único que te puede cortar el rollo es esa gente que se pone enfrente de la puerta esperando que salgas por que tienen la pista reservada y ya te estás pasando la hora.

Y es que el pádel tiene un no sé qué que qué sé yo, que todo aquel que lo prueba repite.

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