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Por fin después de unos días sin jugar llega el momento de volver a entrar a la pista de pádel. Vas con ganas, hoy te vas a comer la pista, y da igual quién sea el rival, hoy ganas tú.

Pero entras a la pista, empieza el peloteo y piensas “algo va mal…”, no consigues pasar una bola en condiciones pero bueno, lo achacas a que estás frío.

Comienza el partido, sigues confiado, nada te va a estropear el partido pero tocas la primera bola… y a la red. No pasa nada, sólo es un fallo, sigues concentrado pensando ya en el siguiente punto y a las primeras de cambio al rival se le queda un globo corto, “está a huevo, ahora me resarzo” y le das con toda tu alma para sacarla de la pista… pero lo único que consigues es casi volarle la cabeza al rival de lo mal que le has pegado y estampas la bola contra el cristal y piensas “si al menos le hubiese dado al rival…”.

El partido continua y cada vez que intentas apretar una bola se te va, o se queda corta en la red o se va larga contra el cristal, no hay término medio. Te empiezas a poner nervioso, ¿dónde está esa confianza con la que entraste a la pista, en el bar tomándose una cerveza?. Comienzas a quejarte de los focos, de la pista, de lo imbécil (por no decir otra cosa) del rival, de la red, de las bolas, de que aún no haya gobierno, de lo sucio que llevas el coche… empiezas a sentirte incómodo con el agarre de la pala, cambias empuñadura, pero nada, sigues fallando como una escopeta de feria,vamos ¡que ni Negredo falla tanto! (esto es una exageración, es imposible fallar más que Negredo).

Imagen pista de pádel

Llegas a tal punto que hasta sales de la pista y cambias de pala y te dices “ahora sí, os vais a cagar”. Pero nada más lejos de la realidad, si haces un punto es por estadística, alguna tenía que entrar. Entonces es cuando tu compañero se acerca y con su mejor intención te dice “tranquilo, no arriesgues, juega a pasarla hasta que te entren” y tu estás llorando por dentro pensando “¡pero si eso es lo que estoy intentando todo el rato!”.

Cada punto es peor que el anterior, ya tienes el brazo totalmente encogido y estás totalmente “out”. ¿Qué más me puede pasar?” piensas, y es entonces cuando te comes un pelotazo de lleno. Cuando no es tu día, no es tu día.

Llega un punto en el que sólo deseas que se acabe ya el sufrimiento. El partido se te está haciendo eterno, ya no sabes dónde meterte pero por fin se acaba. Has perdido, has dado asco, sientes que has perdido el tiempo de mala manera, “¿qué puede haber peor?”. Lo hay por supuesto que lo hay, y es ese momento cuando vas a darle la mano al rival y te suelta eso de “bien jugado”.

Recapitulemos, has hecho un partido de mierda, es imposible haber jugado peor y tu rival te dice bien jugado. Piensas “¿perdona?, ¿cómo que bien jugado, me estás vacilando?”, ¿es necesario hacer sangre?, pfff lo que te faltaba ya. Vaya día, ¿para qué te habrás levantado de la cama con lo bien que estabas?

Hay días en los que hagas lo que hagas, por mucho que te esfuerces simplemente las cosas no salen, quizás si la primera bola hubiese entrado… y si… pero no fue así y te comiste un partido de esos que nadie quiere tener. Pero bueno, para casa que te vas a dormir y mañana será otro día y esperar un nuevo partido para desquitarte por que nos gusta el pádel y, pese a estos días, nos seguirá gustando.

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